Barbara Q.
A mi hija le encanta!
Como pasé de estar al borde del colapso por las pataletas de mi hijo a recuperar nuestra relación...

Le dije a mi psicóloga algo que nunca pensé que iba a decir de mi propio hijo.
“Me está empezando a caer mal.”
No podía creer que lo había dicho. Porque obvio que lo amo. Es mi hijo. Haría cualquier cosa por él.
Pero si tienes un hijo que puede convertir ponerse un calcetín, apagar la tele o escuchar un simple “no” en una pelea de 40 minutos, quizás entiendes perfectamente de qué estoy hablando.
Y por más duro que me dé escribir esto, tengo que contarlo.
Porque estuve meses pensando que el problema era yo.
Que me faltaba paciencia.
Que estaba marcando mal los límites.
Que quizás eso de la crianza respetuosa me estaba quedando grande.
Hasta que una conversación con mi psicóloga me hizo empezar a mirar algo que jamás había considerado.
Y, por primera vez en mucho tiempo, la respuesta no fue que yo tenía que hacer todavía más.

Fuimos al Jumbo. Carro lleno.
Quería comprar galletas. Le dije que no.
Y chao.
Gritos. Show. Al suelo.
Yo agachada al lado suyo, hablándole bajito, tratando de validar lo que sentía pero aún poniendo límites.
Exactamente como dicen los libros.
Mientras tanto, la gente pasaba al lado nuestro mirando.
Algunas mamás me miraban con empatía.. y otros tratando de hacerse los que no miraban, que es peor.
Yo sentía que llevaba una hora ahí, aunque probablemente habían sido 10 minutos.
Al final tuve que dejar el carro lleno de cosas botado y sacarlo en brazos.
Él doblado como tabla. Gritando.
Yo tratando de no perder la paciencia hasta que llegáramos al auto.
Lo subí al auto. Cerré la puerta. Respiré profundamente. Entré y me senté.
Y me dieron ganas de llorar de pura rabia.
No podía creer que había pasado.
De nuevo.
Me sentía completamente impotente.
Como si todo mi día dependiera del humor de un pequeño demonio de Tasmania de 6 años.
Y ahora viene la parte que más me cuesta escribir...
Pero la tengo que decir porque quizás a otra mamá le está pasando exactamente lo mismo y tampoco se atreve a admitirlo.
¿Cuántas veces te has visto a punto de llorar porque le contestaste mal?
Yo muchas.
¿Cuántas veces se te fue la olla, le respondiste mucho más fuerte de lo que querías y la culpa te comió por horas toda la noche?
A mí también.

Una sensación que no le deseo a nadie.
Que la culpa te mate tanto, que lo vas a ver en la mitad de la noche.
Lo veía ahí, durmiendo, como si fuese un angelito.
Y me acordaba de cómo le había hablado unas horas antes.
Pensando en todas las veces que critiqué a mis papás por hacerlo mal.
Me moría de angustia.
Hasta que un día terminé hablando de eso la psicóloga infantil.
No de las pataletas. De mí. De cómo yo estaba reaccionando.
Y ella me dijo algo que honestamente necesitaba escuchar...
"Jose, cuando llevas meses entrando una y otra vez en situaciones donde te sientes completamente impotente, es muy difícil responder. Es imposible que seas esa versión perfecta de mamá que tienes en la cabeza."
Me frustré. Mi diálogo interno, que es bueno para la crítica, no paraba...
Pero lo escuché. Y realmente, me validé.
Acepté que no era un monstruo porque algunas veces perdía la paciencia.
Y también que estoy haciendo lo mejor que puedo.
Porque estar así con mi hijo todos los días no es fácil.
Me fui de la sesión tranquila, con un poco más de esperanza.
Hasta la mañana siguiente...

Volvió a explotar.
Eran las 7:45 de la mañana, y esta vez... porque no tenía ganas de ir al colegio.
Y a la primera, me frustro...
Cuando pasa todas las semanas, empieza a pasar algo mucho más difícil de admitir...
No solamente empecé a odiar sus pataletas...
Pero llegó un punto donde..
Mi propio hijo me estaba empezando a caer mal.
Me da pena incluso escribirlo. Pero es verdad.
Empecé a hacerle el quite a ir juntos al Jumbo.
Escuchaba que se estaba despertando y respiraba profundo antes de entrar a su pieza, porque sabía que se venía una mañana dura.
A veces empezaba con algo chico, y era yo la que estaba insoportable antes de que terminara de decirme qué le pasaba.
Llegaban las 8:30 de la noche, se dormía, la casa por fin quedaba en silencio y mi pensamiento pasó a ser...
“Por fin.”
Pero después volvía la culpa, y me sentía pésimo por haber sentido alivio. Porque lo amo.
Pero también estaba realmente agotada de estar peleando con él.

Empecé a tener miedo de lo que podría llegar a significar sentirme así...
De lo que todo esto estaba haciendo con nosotros, como madre e hijo.
Ahora yo era la corta de genio. No sólo con el, si no con el resto.
Esperaba que se portara mal antes de que hiciera algo.
Que a veces lo corregía antes de entender qué había pasado.
Y empecé a preguntarme: “¿Él también sentirá que yo siempre estoy enojada con él?”
Eso fue lo que realmente me asustó.
Porque una pataleta se pasa.
Un pelea fuerte en el auto se pasa.
Una mañana horrible también se termina apenas vuelve del colegio.
Pero mi miedo más grande era repetir patrones familiares.
O que semanas, meses y años de pequeñas peleas se fueran convirtiendo, sin darme cuenta, en nuestra forma de relacionarnos.
No hay que ir muy lejos para pensar en alguien 40 o 50 años que todavía puede contarte exactamente cómo lo hacía sentir su mamá o su papá cuando era chico.
Yo no quería convertirme en esa historia para mi hijo.
No quería mirar para atrás en 10 años y preguntarme cuándo dejamos de disfrutar estar juntos.

Intenté arreglarlo.
Probé anticiparle todo.
Darle más opciones.
Ser más firme.
Ser más suave.
Probé escoger mejor mis batallas.
Probé respirar aún más profundo antes de contestar.
Probé acostarlo antes.
Aún menos pantallas.
Compré casi todo lo que puedes encontrar en Mamás Mateas.
Blackout.
Ruido blanco.
Cuentos.
Probé optimizando rutina. Horarios.
Hubo semanas donde sentía que nuestra casa parecía un laboratorio y mi hijo era el experimento.
Si hoy había dormido mal, cambiaba algo.
Si mañana amanecía pesado, cambiaba otra cosa.
Si hacía una pataleta, revisaba qué había hecho yo.
Hasta las sesiones con la psicóloga se habían convertido, sin querer, en otra forma de preguntarme: "¿Qué más tengo que hacer?"
Y ese es el círculo vicioso que me terminó de liquidar.
Porque cuando algo no funciona con nuestros hijos, la respuesta para una mamá casi siempre parece ser la misma.

Haz más.
Ten más paciencia.
Lee esto.
Prueba esto otro.
Cambia la rutina.
Regula tus emociones.
Regula las de él.
Hazlo con cariño.
Pero mantén el límite.
Y cuando haces todo eso y el problema sigue ahí, solo queda una persona a quien culpar.
Tú.
Es inevitable pensar que no lo estás haciendo bien. Y era exactamente lo que me estaba pasando.
Y me empezó a dar miedo pensar qué iba a pasar si seguíamos así otros 3 años.
O 5.
Necesitaba entender qué estaba pasando.
Entonces dejamos de preguntarnos: "¿Cómo manejo mejor la próxima pataleta?"
Y empezamos a preguntarnos algo distinto: "¿Por qué está explotando tanto por cosas tan chicas?"
Ahí cambió todo.
"Ya llevamos harto tiempo hablando de lo que te pasa a ti cuando él explota... Quiero entender mejor qué le está pasando a él." me dijo mi psicóloga.
Empezó a preguntarme cuándo eran las peores pataletas.
Cómo eran las mañanas.
Qué cosas puntuales lo hacían explotar.
Si había días peores que otros.
Y después me preguntó: "¿Cómo duerme?"
Casi me reí.
"¿Es broma? Duerme por lo bajo 10 horas… O sea, no puede dormir mejor."
Y tiene todo. La rutina está perfecta.
Blackout. Ruido blanco. Cuentos que le encantan. Se duerme al tiro.
Entonces me hizo otra pregunta: "¿Y cómo se despierta?"
Me quedé callada.
Porque podía dormir 10 horas y amanecer de pésimo humor.
Había días donde todavía no había pasado absolutamente nada y ya estaba mal genio.
Un cacho levantarse. Vestirse. Días donde el desayuno no le gustaba.
Y ahí me hizo ver algo que, por alguna razón, yo jamás había pensado.
"Jose… dormir harto no significa necesariamente descansar bien." me dijo.
Yo estaba ocupando las horas de sueño como prueba de que el sueño estaba resuelto.
10 horas. Check.
Se duerme rápido. Check.
No viene a despertarme. Check.
Entonces el sueño no puede ser el problema... o por lo menos eso pensaba.
Pero las horas son solo una parte.
Cuando un niño no descansa bien, puede llegar al día con menos energía y menos tolerancia para manejar las frustraciones normales de ser niño.
Eso no significa que cada pataleta sea por sueño.
Ni que un niño cansado automáticamente vaya a pataletear.
Pero me quedó dando vueltas una pregunta completamente distinta:
"¿Y si el problema no es cómo reacciona, sino cómo está descansando mientras duerme?"
Y por primera vez en meses apareció una posibilidad que no terminaba con:
"Tienes que ser aún mejor mamá."
Quizás había algo en su descanso que todavía no habíamos mirado.
Obviamente mi siguiente pregunta fue:
"Bueno, ¿y entonces qué? ¿Qué hago?"
Y esa fue la parte más irónica porque cuando empezamos a repasar las cosas que pueden influir en cómo duerme un niño, yo ya había hecho casi todo lo obvio.
Realmente todo.
Hasta que una noche, mi marido me miró y me dijo: "¿No estará incómodo? Si igual siempre se despierta en otra posición."
Fui a su pieza, y lo vi..
Estaba atravesado, como siempre en verdad.
Cabeza casi en el colchón.
Una escena que yo había visto 100 veces.
Solo que esta vez la vi distinto.

Volvi a mi pieza...
“Tu que tanto crees en la optimización de sueño…” le dije a mi marido, “¿crees que la almohada realmente influya en como uno duerme?”
Abrí Google en mi celular, y me puse a buscar cosas que jamás pensé que iba a buscar.
"por qué mi hijo se mueve tanto en la noche"
"almohadas para niños"
"dormir mal y pataletas"
Y terminé metida en un hoyo hasta las 2 de la mañana.
Lo que más me quedó dando vueltas fue algo mucho más simple.
Un niño puede dormir 10 horas y aun así no necesariamente descansar bien.
Yo podía ver la hora en que se dormía y la hora en que despertaba.
Pero no tenía idea de qué tan cómodo había estado durante esas 10 horas.
Podía moverse, cambiar de posición, salirse de la almohada y seguir durmiendo.
Al otro día yo solo veía cómo amanecía.
Porque las horas dormidas y qué tan descansado despierta no son exactamente lo mismo.
Y cuando un niño no descansa bien, eso se puede notar al otro día.
En la paciencia. En el ánimo. En cómo maneja las frustraciones más chicas.
Era como estar leyendo justo lo que me pasaba a mi con mi guatón.
Y ahí llegué a la almohada Nido.

Una almohada hecha para niños, del porte de su cuerpo, pensada para apoyar mejor su cabeza y cuello mientras duerme.
Y cuando la vi pensé algo bastante obvio…
Si no le compro zapatos de mi talla.. Ni ocupa mi ropa….
Y el asiento del auto, también necesita ajustarse a SU porte
Entonces, ¿por qué los niños no necesitarían una almohada de su porte?
Porque una almohada demasiado alta o grande para su cuerpo puede dejarlo incómodo y hacer que busque otra posición.
Y eso era exactamente lo que yo veía todas las noches.
Se movía. Se corría.
Terminaba con la cabeza casi en el colchón, buscando cómo quedar cómodo.
No podía saber si esa era la causa de que descansara mal.
Pero después de todo lo que ya había probado, era una variable demasiado obvia como para no probarla.
Me encantó que la propuesta era súper simple.
No había nada que cambiar, ni en su rutina, ni decirles algo más.
Simplemente cambiarles la almohada.
Y con la garantía de 30 noches, fue como… ¿por qué no? A lo más la devuelvo.
La compré.
Pasaron 10 días y llegó!!
Las ganas que tenía de probarla, no se las puedo explicar.
La primera noche no pasó nada espectacular.
La segunda tampoco.
Y bueno, ahora que miro para atrás, obvio… porque si te dijera que puso la cabeza en una almohada nueva y al día siguiente despertó como si fuera otro, sería mentira.
Los primeros días solamente se estaba acostumbrando.
Pero todas las mañanas entraba a su pieza, enfocada en una sola cosa antes despertarlo para ir al colegio.
Dónde estaba su almohada.
Después de unos días empecé a notar que despertaba igual que como lo había dejado.
Para mí eso ya era una buena señal..
Y luego empezó lo bueno..
Empecé a notar cambios durante el día.
La segunda semana, un martes por la mañana.
Lo desperté. Se levantó. Se vistió. Desayunamos. Sin mucho atado.
La siguiente semana, el viernes por la mañana, lo dejé en el colegio y me di cuenta de algo muy ridículo.
No habíamos peleado casi nada en toda la semana.
Simplemente habían sido días normales.
Y cuando llevas meses sintiendo que todo es una batalla constante, tener días normales se siente como algo fuera de lo común.
Unas semanas después, volvimos al Jumbo.
Estuvo conmigo todo el rato, adentro del carrito, hinchando pero simpático…
Me pedía cosas, le decía que no.. Negociaba un poco, pero pasábamos al siguiente pasillo y ya no era tema.
Me acuerdo perfecto porque cuando entré al auto, sonreí.. No lo podía creer.
La primera vez había salido dejando el carro botado.
Esta vez terminamos de comprar, y hasta yo terminé comprando cosas ricas que ni él me pidió.
No te voy a decir que una almohada cambió la personalidad de mi hijo.
Sigue siendo un niño intenso. Sigue reclamando. Sigue teniendo días malos.
Gracias a Dios, porque no quería cambiar quién era.
Lo único que sé es que fue una de las pocas cosas que cambiamos en ese periodo.
Y que ahora sí, tenemos momentos malos... pero no días que terminan en guerra.

Y sí… probablemente estás pensando:
"¿Todo esto sólo con cambiar una almohada?"
Antonia, una mamá de Lo Barnechea, lo dijo mucho mejor que yo.
Contó en su reseña que con tantas pataletas estaba al borde del colapso, y que jamás pensó que valiera la pena mirar algo "tan absurdo como la almohada".
Esa palabra me encanta; Absurdo.
Porque eso mismo pensé yo…
No es que una almohada vaya a resolver a todos tus problemas con tu hijo, o que su almohada explica todo.
Solo preguntarte si es una variable que nunca has probado.
"¿Y por qué no una almohada de niño más barata?"
Existen. De hecho, son harto más baratas, rondan por los $13.000 o $15.000.
Yo las miré. El tema es que casi todas vienen en una sola altura, para todos los niños. O simplemente son más pequeñas, y no necesariamente menos altas.
Lo que tiene Nido, es que son almohadas del porte que tu hijo necesita para su rango etario. Por eso tienen tres tallas.
Un niño de 3 y uno de 9 no necesitan lo mismo.
Además son de súper alta calidad. Eso es lo que estaba pagando.
"¿Qué pasa si a mi hijo no le gusta y no la quiere usar?"
Otra de mis dudas.
Porque puedes comprar la mejor almohada del planeta, pero si tu hijo decide que la odia, fuiste buena.
Por lo mismo tienen una garantía de 30 noches para ver si a tu hijo le gusta, o no.
Algunos niños se adaptan al tiro y otros necesitan unas noches como el mío, porque la altura y la forma son distintas a lo que conocían.
"¿Y cómo sé qué talla comprar?"
Eliges la talla antes de agregarla al carro, según la edad.
Tienen tres tallas: para niños de 1-3 años, de 3-8 años, y de 9-18 años.
Si estás entre 2, conviene preguntar antes de comprar.
"¿Entonces Nido arregla las pataletas?"
No. Es una almohada, no un tratamiento de conducta. Y tampoco es magia.
Lo que hace es mucho más simple.
Te permite cambiar una parte de su descanso que quizás nunca habías mirado: qué tan cómodo y bien apoyado está mientras duerme.
Después de haber probado todo lo demás, para mí eso ya era suficiente razón para probarla.
"¿Y si la compro y no noto ninguna diferencia?"
Este fue el punto que finalmente me hizo decir que sí.
No tienes que decidir si "crees" en Nido.
Tienen una garantía súper simple de 30 noches.
La pruebas, le das tiempo para que se acostumbre y si no es para tu hijo, la devuelves.

Y finalmente, lo que más me hizo decidirme fue pensar en el costo de que nada cambiara.
Porque si existía la posibilidad de que mi hijo estuviera durmiendo con la almohada equivocada, y que eso estuviera aportando aunque fuera un poco a todo esto, yo quería saberlo.
Había gastado plata en todo para que se durmiera más fácil.
Y ni un peso en lo que lo mantiene dormido.
Que era su almohada.
También había invertido una cantidad absurda de tiempo optimizando algo que nunca estaba mirando.
Y llevaba meses pagando con algo mucho más caro.
Mi tiempo. Mi paciencia. Mis mañanas. Mis fines de semana. Mi paz mental.
La sensación horrible de terminar otro día pensando que había sido una pésima mamá.
Y la peor de todas: pensar que el día de mañana no nos lleváramos bien.
Nido normalmente está a $64.990.
Ahora está a $52.990.
No te voy a decir que es barata, porque no lo es.
Pero después de todo lo que habíamos probado, la comparación para mí era bastante simple.
¿Seguía cambiando rutinas y buscando qué más hacer?
¿O me gastaba las 53 lucas en probar la única variable que nunca había mirado?
Con 30 noches para devolverla si no era para mi hijo, para mí la respuesta era más que obvia.
30 noches para que la pruebe él, en su cama.
Y si no le gusta o no es para tu hijo, la devuelves y te devuelven la plata. Simple.
O sea, lo único que puedes perder son 30 noches.
Y esas se te van igual…

Si llegaste hasta acá, probablemente no necesitas que otra persona te explique lo agotador que es.
Lo estás viviendo. Y no te voy a decir que cambies todo otra vez.
Haz lo contrario.
Deja la rutina como está.
Sigue poniendo los mismos límites.
Sigue haciendo todo lo que ya haces bien.
Y cambia 1 sola cosa. La almohada con la que duerme.
Sin métodos nuevos. Sin pedirle nada a tu hijo. Sin acostarlo 30 minutos antes.
Solo eso, durante 30 noches.
Y mira.
Cómo la usa.
En qué posición lo encuentras cuando entras a verlo.
Cómo amanece.
Cómo se sienten las mañanas.
Cómo se sienten ustedes.
Y si a las 30 noches piensas: "Esto no hizo ninguna diferencia para nosotros." La devuelves y te devuelven la plata.
Eso fue lo que a mí me gustó de comprar la almohada Nido.
No me pedía tener “fe” en un producto. Me daban una forma de comprobarlo.
No tienes que decidir si Nido va a funcionar. Solo si vale la pena probarla.

Esta es una nota advertorial.
Comentarios